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dilluns, 5 de maig de 2014

Company de la Ertzaintza

Company, només dir-te que aquí a Catalunya; igual NO, molt pitjor

«Me apuñalaron, casi la palmo y encima me critican como policía desde un despacho»


Seguridad deniega la felicitación a un ertzaina de la comisaría de San Sebastián que resultó herido grave en una intervención con un enfermo psiquiátrico

 LOS HECHOS Le fue a clavar el machete en el corazón, pero rebotó en el chaleco antibalas y le penetró en la ingle Seguridad recuerda que las felicitaciones a ertzainas están reglamentadas y han de cumplirse los requisitos

 BILBAO. «Que le digan a mi padre ahora –que le comunicaron por teléfono que habían apuñalado a su hijo– que no hice nada extraordinario. Es fácil criticar desde el despacho». Iñaki Rodríguez, ertzaina de la comisaría de San Sebastián, está dolido, y no por las secuelas de la puñalada en la ingle que un enfermo psiquiátrico le propinó durante una intervención, sino por la actitud de algunos de sus responsables. El mando que le acompañaba aquel día escribió un informe pidiendo que se le reconociera con una felicitación, pero le fue denegada por la División de Inspección y Administración «porque la actuación no había salido en prensa». Como último recurso, el propio agente escribió una carta a la consejera de Seguridad contando su caso y reclamando la ‘medalla’. A comienzos de la pasada semana recibió la contestación de Estefanía Beltrán de Heredia y «aún no doy crédito: no solo dice que no merezco ningún reconocimiento, sino que además se permite criticar mi actuación como policía desde un despacho». El Departamento recuerda que las felicitaciones están reglamentadas y que la decisión se adopta en base a un informe interno que analiza las circunstancias del caso.


Iñaki Rodríguez lleva siete años trabajando como patrullero de la comisaría de la Ertzaintza en San Sebastián.

Policía por vocación, aunque ahora se confiesa desmotivado, lleva siete años pateando las calles donostiarras como patrullero. Aquel 12 de junio de 2012 cambió su vida. «Ya no quiero la medalla, pero al menos que se te valore un poco». Su compañero de patrulla aquel día, un cabo, y él recibieron un aviso a través de Ardatz, el centro coordinador policial, de que un individuo estaba aporreando el ascensor en un bloque del barrio de Loiola, y se dirigieron hacia allí. Otra unidad de paisano que se encontraba cerca también acudió. El individuo agresivo se encontraba en un noveno piso con su madre y una hermana.

Los sanitarios de una ambulancia psiquiátrica y los agentes de paisano entraron en el domicilio. Ellos se quedaron fuera. «La madre nos dijo que no le gustaban los uniformes, así que mejor que no entráramos». Como no les movilizó la comisaría, donde hubieran conocido esos datos, aún no sabían que se trataba de un enfermo mental, esquizofrénico, que había protagonizado otros incidentes, como tirar la lavadora por la ventana o atacar a unos ertzainas con un arpón de buceo. Uno de los argumentos del Departamento para denegarle el reconocimiento es que no se activó la instrucción 14, para enfermos peligrosos, que hubiera movilizado a la Unidad de Intervención desde un primer momento. Según Iñaki, no sabían a lo que se enfrentaban.

Al cabo de una hora, «se le cruzó el cable, sacó un cúter y amenazó a los sanitarios». Todos salieron de la casa y el individuo se encerró con su hermana en una habitación. El cabo, responsable de la patrulla, decidió que debían estar junto a la puerta por si agredía a la mujer, y mientras, pidió por la emisora el apoyo de la Unidad de Intervención (BBT). «Si esperamos a que lleguen, que pueden tardar una hora, la hermana podría haber terminado descuartizada, ¡cómo nos íbamos a ir de allí dejándola sola con él!». Iñaki se situó a medio metro de la puerta y de repente, sin que le diera tiempo a reaccionar, el hombre salió con un machete de buceo y se dirigió al primer uniformado que se encontró: él.

La acometida fue dirigida hacia el corazón, pero afortunadamente el ertzaina siempre lleva chaleco antibalas. El filo del arma blanca rebotó y se le clavó en la ingle, donde le penetró seis centímetros. Iñaki, que llevaba también guantes anticorte, agarró el cuchillo con las manos. «Conseguí sacarlo, le doblé la muñeca y se lo quité». Sus compañeros se abalanzaron sobre el agresor y para reducirle tuvieron que emplearse a fondo y esposarle de pies y manos. Ocultos en la espalda llevaba otros dos cuchillos. Cuando vio su sangre en el filo del machete, «dije: ‘éste me la ha clavado’». Los compañeros le cortaron el buzo y comprobaron la gravedad de la herida. Se la taponaron con gasas mientras avisaban a una UVI móvil. «Al de diez minutos empecé a tener sudores fríos y a notar que aquello pintaba mal». Como deportista –es remero– sus pulsaciones eran mínimas, y pidieron que la ambulancia acudiera con urgencia. El corte le había tocado la femoral sin perforarla. «Si no, no lo cuento, en tres minutos me hubiera desangrado».

«¿Valgo tan poco?»

Gravemente herido, fue trasladado al hospital Donostia, donde pasó una noche en la UCI. Sus compañeros y amigos, además de familiares, dos subjefes de la comisaría de Donostia y un cargo del entonces Departamento de Interior le visitaron y dieron ánimos. Uno de estos últimos le explicó a su padre que por aquella actuación su hijo recibiría una felicitación interna. «Yo no pedí nada, porque entiendo que esas cosas deben venir solas». Sin embargo, el paso del tiempo y la falta de noticias comenzaron a indignarle.

Iñaki estuvo dos semanas sin poder andar y mes y medio de baja, la primera de su carrera. Seis meses después, el cabo que le acompañaba aquel día escribió un informe pidiendo el reconocimiento. Como no había respuesta, él mismo remitió otro escrito en paralelo a sus superiores. Se da la circunstancia de que ese mismo año otros dos ertzainas de San Sebastián resultaron heridos de arma de fuego en sendas actuaciones y a ellos sí les han concedido medalla. La División de Inspección denegó su petición y la consejera ha cerrado el expediente desestimando el recurso de alzada. Según la carta remitida al ertzaina por la consejería, en su intervención «no hubo ningún acto excepcional o digno de elogio». «El hecho de que un agente resulte lesionado en una actuación se entiende que forma parte del riesgo implícito en el desarrollo de la profesión policial, encontrándose diariamente los ertzainak con numerosas situaciones peligrosas que, como en el caso que nos ocupa, forman parte de su labor diaria sin que por ello haya que reconocer dichas actuaciones», indica.

«Lo que menos me esperaba es que me contestaran criticando mi actuación. Encima he fallado, me llevo una puñalada y no he hecho nada extraordinario». «No somos militares, ni tenemos el protocolo de EE UU, donde son muy corporativistas con sus policías». «¿La medalla? Que más me da, si no necesito cambio de destino, vivo a diez minutos de la comisaría, pero al menos valora a tu gente, con una palmadita y un diploma, con un gracias hubiera bastado». Después de aquello, ha tenido alguna intervención peliaguda y la primera vez «temblaba y no dejaba de sudar». «Si no te gusta este trabajo no aguantas, son muchas movidas, por 2.000 euros no merece la pena jugarse la vida».



El agresor, de 40 años, fue detenido y acusado de intento de homicidio e ingresó en prisión. Después fue juzgado y condenado, mediante un acuerdo, a tres años de prisión o cinco de internamiento en un centro especializado. Además, a Iñaki le reconocieron una indemnización de 3.000 euros. «No lo quiero, ese dinero te quema, pero hostia, ¿valgo tan poco?».