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dijous, 15 de maig de 2014

Dedicat a les dones policia


«Yo no buscaba un trabajo, buscaba mi identidad»

P.C.P. / Burgos - sábado, 10 de mayo de 2014

Me lo imagino tirando a bajito, con bigotillo y los pantalones bien subidos, a la cintura. Un prototipo del ‘landismo’. Llega destinado a Cataluña y en su primer día de servicio le colocan de pareja con el número más joven del cuartel, recién salido de la academia.  ‘Dominado’, piensa para sus adentros. Hasta que ve que el número tiene, efectivamente, 19 años.Pero también el pelo largo y rubio, unos vívidos ojos color miel y huele a perfume. Y además se dispone a ponerse al volante del ‘cuatro latas’ para llevarle a él de paquete. ‘No conduce mi mujer y vas a conducir tú’, le espeta.


Puede que este ‘caimán’ (así se denomina en el argot a los agentes veteranos) nunca llegase a recuperarse del impacto que le supuso toparse con una de las 198 primeras guardias civiles que patrullaron España, pero Yolanda está encantada. «Se la tuvo que envainar y aceptar que le llevase yo y encima le fuera presentando a la gente, que le decía: ‘¡Qué suerte has tenido con tu compañera!’», recuerda hoy divertida y sin rencor, ya que reconoce que de los ‘caimanes’ es de quienes más ha aprendido en 25 años de servicio.



«Yo no trabajo en la Guardia Civil, soy guardia civil».Parecería una frase edulcorada si no fuera porque a lo largo de la conversación afloran más sentimientos. También alguna lágrima. Por ejemplo cuando recuerda su salida hacia la Academia de Baeza, con 18 años y otras 2 compañeras de Burgos, en un tren de madrugada y su madre ingresada en el hospital. Sus padres no podían explicarse qué le pasaba por la cabeza a su hija pequeña. No había guardias en la familia. ¿De dónde le vino entonces la idea? Desde pequeñita sintió envidia de las mujeres que hacían de militares en las películas americanas.


Sí eran ‘hijas del Cuerpo’ una importantísima proporción de las casi 3.000 jóvenes que se presentaron a esos primeros exámenes. También de las 198 que pasaron. «No era como ahora, que la gente se presenta por una necesidad imperiosa de trabajar. Yo no buscaba un trabajo, buscaba mi identidad», afirma rotunda. Estas férreas convicciones le ayudaron a superar los 9 durísimos meses de academia y momentos como la primera carta que le llegó de casa. «Fue una llorera total»... Pero como lo «deseaba tanto», no le costó adaptarse.Eso sí, no ha olvidado ni el pijama de una pieza que les obligaban a ponerse -‘mariano’ lo llamaban-, ni los calzoncillos -‘trucha’- con los que teóricamente tenían que ducharse para evitar herir sensibilidades.



Hasta 1988, todo hombres. Hasta ese septiembre de 1988 todo habían sido hombres en la Academia, salvo las matronas, un cuerpo con ciertas peculiariades del que tuvieron que sacar una promoción para vigilar que se cumpliese el reglamento en las camaretas femeninas, con taquillas en las que había un hueco para cada cosa y nada podía salirse de ahí. ¿Cómo les trataron sus profesores? «Era un poco raro. No es que nos tratasen mal, sino que eran duros», afirma mientras parece ver todavía, a solo un palmo de su rostro, la cara del cabo que inspeccionaba que no se pintasen los labios ni llevasen rimel... «Recuerdo que una compañera tenía el pelo por la cintura. Cuando le dijeron que se lo tenía que cortar, quería marcharse. Al final, la convencimos a base de decirle: ‘que el pelo crece, que estamos haciendo historia’», apunta Yolanda.



Y la hicieron, tras evolucionar ambos, ellas y la institución. «No había nada preparado, ni una infraestructura ni uniformes. Con las embarazadas, que ya había alguna el primero año, no sabían ni que hacer y las tenían de servicio.¡Pero si no puedes ni correr! En ese aspecto, muchas compañeras padecieron. Ha habido que luchar mucho y abrir muchas puertas para conseguir un poco de igualdad», de la que ahora cree que sí disfruta ella y otras 5.000, 68 destinadas en la Comandancia de Burgos.



Celosa de su intimidad, oculta el rostro y no quiere revelar muchos datos personales. No obstante, asegura no haber tenido problemas.«Siempre me he sentido respetada por los ciudadanos», aunque reconoce haber tenido que hacerse valer ante sus compañeros y mandosUn hombre es valiente de por sí, una mujer parece que está siempre a prueba, siempre demostrándolo», como cuando había que salir a perseguir a los malos y rehusaban llevarlas a ellas. «‘No, vosotras no’, decían. ¿Pero qué pasa, es que hemos dejado alguna vez tirado a algún compañero?». La respuesta es no.



Esposas recelosas. Por si no fuera poco con algunos compañeros y mandos, también tuvieron que vencer los recelos de alguna esposa, residente en los cuarteles, frente a aquellas largas noches de patrulla mixtas. «La mujer de un compañero se las pasaba en la ventana. Hasta que un día le dije a su marido que bajase ella y me subía yo, porque al menos dormía una de las dos», se ríe.


Ser mujer tiene sus condicionantes. Por ejemplo, cuando no conseguía sorprender a ningún contrabandista en aquel destino catalán fronterizo y se preguntaba por qué hasta que un confidente le puso sobre la pista. «‘A ti te detectan por el perfume y al cabo por el tabaco negro que fuma. Por eso no pilláis nada’, nos desveló». A partir de ese día, se ahorraba la colonia cuando salía de ronda nocturna.
Porque ha salido mucho, y muchas veces voluntariamente. «Por favor, si hay algo me llamáis, da igual que sean las 2 que las 3 de la mañana», les decía. Posteriormente, su familia y sus hijos han ocupado una parte de todo ese gran corazón que le ha dedicado al Instituto Armado. Y asegura no haber tenido nunca problemas para conciliar, salvo los «imprevistos» de un trabajo que nada tiene que ver con el de oficinista. «Esto más que un trabajo es una vida», insiste en esa línea vocacional que ya no abandonará nunca.